Usando todos los recursos mediáticos a su alcance, especialmente la televisión, la radio y los periódicos debidamente subvencionados, el secretario de educación confirmó la expedición de su Nuevo Modelo Educativo, mismo que, se supone, remata el proyecto de reforma educativa que desde su inicio había anunciado este gobierno federal. Y lo hace apurando el último tramo del rito sexenal que se divide en tres: los dos primeros años son para aprovechar la renovada esperanza de la gente y lanzar sus reformas y aumentar impuestos; los siguientes dos años hacen como que hacen y van frenando sus reformas frente a la realidad que desmiente sus afanes mesiánicos; los últimos dos años (y en esos estamos) se dedican a tratar de amarrar los veinte mil cabos que andan sueltos, a limpiar sus trinquetes y a rematar a como dé lugar el sexenio, centrando su preocupación en la sucesión del poder.

Así pues, a cuatro años de haberse anunciado la pretendida reforma, y después de dos de centrarse en una pésima (por mal diseñada y peor ejecutada) evaluación magisterial, llegan a la proclamación del Nuevo Modelo, que debió ser el documento original en el cual se fijaran clara y precisamente los puntos de la reforma. No se hizo así porque la principal preocupación no era, precisamente, reformar el modelo educativo, sino maniatar a un ejército de docentes uncidos a otros yugos que no al del poder político.

Este modelo educativo pretende ser presentado como un cambio radical, pues, según lo asienta el documento, desde principios del siglo XX, exactamente desde los tiempos de José Vasconcelos (1921), ha estado vigente un sistema educativo “vertical”, centralizado en cuanto a planes y programas de estudio y normatividad, y de índole memorista. Ahora, dicen, después de cien años, la educación en México abandonará ese modelo porque ya «no es compatible con una sociedad más educada, plural, democrática e incluyente». «Dentro de la unidad esencial del país -añaden- existe una variedad de identidades, de perspectivas, de culturas que preservan identidades diferentes, reflejo de la diversidad que nos caracteriza como nación. No obstante, el modelo (sí, aquel de José Vasconcelos) no ha permitido a las localidades, regiones y entidades reflejar su identidad y perspectiva de futuro en la organización y en los contenidos educativos con los que la escuela trabaja» (pág. 14).

Suponiendo, sin conceder, que todas esas afirmaciones fueran reflejo fiel de los cien años de aquel modelo educativo que ahora ha llegado felizmente -dicen- a su fin, ahora el sistema educativo nacional será horizontal, «centrado en la escuela», con planes y programas de estudio regionalizados, a los que podrán echar mano los maestros y directivos -se infiere, aunque no lo dice así-, las diferentes localidades, regiones y entidades que ya podrán reflejar sus diversas identidades, perspectivas y culturas.

Y, muy importante, se abandonará el modelo memorista de la educación. Ya no más memoria, para nada, ni para aprender las tablas de multiplicar, ni la conjugación de los verbos y las reglas de acentuación, ni la tabla periódica de los elementos químicos, ni las leyes del movimiento y de la termodinámica, ni los huesos y órganos del cuerpo humano, ni los niveles de organización de la vida y las taxonomías con sus dominios, reinos, etc., ni cuándo ni cómo ni por qué ni por quiénes se hicieron los movimientos sociales de la historia mexicana, ni nada de nada. Total, todo está en internet...

Parecería que las críticas del secretario de educación se centraron en anatematizar y exorcizar la memoria del sistema educativo, como si con ello justificara su revolucioncita que, como dijo muy prudentemente, parirá sus buenos resultados hasta dentro de unos diez años, es decir, cuando ya nadie se acuerde ni de ella ni de él y aquellos otros inicien otra vez la más grande y profunda reforma al sistema educativo mexicano.

Entendamos bien: no está mal lo que se afirma en el Nuevo Modelo respecto a que el alumno debe ser analítico, crítico, propositivo, creativo, etc. Esto es algo por lo que se ha luchado y en algunos casos se ha logrado desde hace mucho tiempo. Como siempre: el error no está en lo que se afirma sino en lo que se niega u omite.

Que el alumno use su razonamiento y que comprenda y aprenda las ciencias por lo que de significativo tienen en su vida y en su entorno es indiscutible («aprendizaje significativo»), pero no es algo nuevo. Lo que pasa es que quienes lo han aplicado en las aulas han sido pocos y han bregado contra corriente porque al mismo sistema, al que pertenece este secretario de educación, simplemente no le ha convenido y gracias a eso está en el poder. Pero de eso a negar el ejercicio de la memoria, de la memorización, es pecar de miopía y no saber leer lo que verdaderamente requieren el alumno y la comunidad en que se mueve y debe vivir.


Opinión

GINO RAÚL DE GASPERÍN GASPERÍN

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