Fue hace muchos años, en la Universidad Gregoriana, un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje.

Un día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». El profesor hizo un largo silencio. Después nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo lo demás lo pueden olvidar». Fue probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca. Luego, a lo largo de los años, he podido comprender que es así.

Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.

Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve, les es útil. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.

Somos muchos los que vivimos sometidos a un ritmo duro de trabajo que nos va desgastando a lo largo de los meses. Por eso, al llegar al verano, todos buscamos de una manera u otra un tiempo de descanso que nos ayude a liberarnos de la tensión, el agobio y el desgaste que hemos ido acumulando a lo largo de los días.

Pero, ¿qué es descansar? ¿Es suficiente recuperar nuestras fuerzas físicas, tomando el sol durante horas y más horas junto a la orilla de cualquier mar? ¿Basta con olvidar nuestros problemas y conflictos sumergiéndonos en el ruido de nuestras fiestas y verbenas? Al retorno de las vacaciones, más de uno siente en su interior la sensación de haberlas perdido. Y es que también en vacaciones podemos caer en la tiranía de la agitación, el ruido, la superficialidad y la ansiedad del disfrute fácil y agotador. No todos saben descansar.

Y quizá el hombre moderno necesita urgentemente iniciarse en el arte del verdadero descanso. Necesitamos, antes que nada, encontrarnos más profundamente con nosotros mismos y buscar el silencio, la calma y la serenidad que tantas veces nos faltan durante el año, para escuchar lo mejor que hay dentro de nosotros y a nuestro alrededor.

Necesitamos redescubrir la naturaleza, contemplar la vida que brota cerca de nosotros, detenernos ante las cosas pequeñas y las gentes sencillas y buenas. Experimentar que la felicidad tiene poco que ver con la riqueza, los éxitos y el placer fácil.

Necesitamos, sobre todo, arraigar nuestra vida en ese Dios «amigo de la vida», fuente del verdadero y definitivo descanso. ¿Acaso puede descansar el corazón del ser humano sin encontrarse con Dios? Escuchemos con fe las palabras de Jesús: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les haré descansar».

Hay cansancios propios de la sociedad actual que no se curan con las vacaciones. No desaparecen por el mero hecho de irnos a descansar unos días. La razón es sencilla. Las vacaciones pueden ayudar a rehacernos un poco, pero no pueden darnos el descanso interior, la paz del corazón y la tranquilidad de espíritu que necesitamos.

¡Atención¡ Las vacaciones no sirven para resolver este cansancio. No basta «desconectarnos» de todo. A la vuelta de vacaciones todo seguirá igual. Lo que necesitamos es no acelerar más nuestra vida, aprender un ritmo más humano, dejar de hacer algunas cosas, vivir más despacio y de manera más descansada.

Hay otro tipo de cansancio que nace de la saturación. Vivimos un exceso de actividades, relaciones, citas, encuentros, comidas, mensajes. Por otra parte, el contestador automático, el móvil, el ordenador o el correo electrónico facilitan nuestro trabajo, pero introducen en nuestra vida una saturación. Estamos en todas partes, siempre localizables, siempre «conectados».

Lo que necesitamos es aprender a «ordenar» nuestra vida: cuidar lo importante, relativizar lo accidental, lo secundario, dedicar más tiempo a lo que nos da paz interior, la serenidad y el sosiego.

Hay también otro cansancio más difuso, difícil, de precisar. Vivimos cansados de nosotros mismo, hartos de nuestra mediocridad, sin encontrar lo que desde el fondo anhela nuestro corazón. ¿Cómo nos van a curar unas vacaciones? Por eso no es superfluo escuchar las palabras de Jesús: «Vengan a mí los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré». Hay un descanso que solo se puede encontrar en el misterio de Dios acogido en nuestro corazón siguiendo los pasos de Jesús.


Reflexión

RENÉ CESA CANTÓN


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