La educación de la fe no es mera enseñanza, sino transmisión de un mensaje de vida. En todas las familias cristianas se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da la coherencia de una iniciación a la fe en el calor del hogar. El niño aprende así a colocar a Dios entre sus primeros y más fundamentales afectos. Aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres, que logran así transmitir a su hijo una fe profunda, que prende con facilidad en él cuando la contempla hecha vida sincera en sus padres.

Los niños tienen necesidad de aprender y de ver que sus padres se aman, que respetan a Dios, que saben explicar las primeras verdades de la fe, que saben exponer el contenido de la fe cristiana en la perseverancia de una vida de todos los días construida según el Evangelio. Ese testimonio es fundamental. La palabra de Dios es eficaz en sí misma, pero adquiere una fuerza mucho mayor cuando se encarna en la persona que la anuncia, y eso vale de manera particular para los niños, que apenas distinguen entre la verdad anunciada y la vida de quien la anuncia. Como ha escrito Juan Pablo II, “para el niño apenas hay distinción entre la madre que reza y la oración; más aún, la oración tiene valor especial porque reza la madre”.

Por eso lo primero es demostrar, con el modo de hablar de lo sobrenatural, que la fe es fuente de alegría, de dicha y de entusiasmo. Sería muy negativo tener un aire hastiado y desagradable cuando se habla de Dios. La actitud al recitar unas oraciones, el modo de hacer la señal de la cruz, el respeto y recogimiento al acercarse a comulgar, son detalles que tienen más influencia sobre los hijos que los más encendidos discursos. Se educa en la fe a los hijos en todo momento, no sólo cuando se habla de ello.

Educar en la fe no es dar sabias lecciones teóricas. No son clases magistrales. Mejor, es como una clase práctica que empieza cuando el chico o la chica aún no saben casi andar, y que no termina nunca. Por ejemplo, si un hijo viera que sus padres van a lo tuyo, le será difícil incorporar ideas tan relacionadas con las exigencias de la fe como son la preocupación por los demás, el sacrificio y la renuncia en favor de otros, la misericordia o el sentido de la generosidad.

O si ve que sus padres con frecuencia no cumplen lo que prometen, o les ve recurrir -siempre acaban dándose cuenta- a la mentira o la media verdad para salir al paso de algún problema, luego será difícil que preste atención a sus encendidos discursos sobre las excelencias de la sinceridad, de la veracidad, o de dar la cara como un hombre.

El chico o la chica han de ver que a sus padres les preocupa realmente el dolor ajeno, que muestran con su vida lo connatural que debe resultar a toda persona vivir volcada hacia los demás, que les explican la fealdad de la simulación y de la mentira, o cualquiera de las otras ideas cristianas que quieran transmitirles.

Hay todo un estilo cristiano de ver las cosas y de interpretar los acontecimientos de la vida, y los hijos han de respirarlo en casa. Lo captarán, por ejemplo, viendo el modo en que se acepta una contrariedad. O al advertir cómo se reacciona ante un vecino cargante o inoportuno. O viendo cómo papá o mamá ceden en sus preferencias, o siguen trabajando aunque estén cansados.

Y así el chico se irá empapando de ideas de fondo que tejerán todo un vigoroso entramado de virtudes cristianas. Aprenderá a respetar la verdad, a mantener la palabra dada, a no encerrarse en su egoísmo, a ser sensible a la injusticia o al dolor ajeno, a templar su carácter, etc. Siempre surgen multitud de ocasiones de hacer una consideración sobrenatural sencilla, sin excesiva afectación ni excesiva frecuencia. Se trata de que el niño vea cómo la fe se traduce en obras concretas y que no son formalidades exteriores vacías e inconexas.

En la casa se ha de hablar de Dios, y de nuestro deseo de agradarle, y de evitar las ocasiones de ofenderle, y del premio que recibiremos en esta vida y en la eterna. Y todo ello con toda naturalidad, sin afectación y sin simplezas. Por eso, si se comete el error de presentar la fe como una vivencia tonta e insípida, separada de la realidad de la vida, lo que se logra es dejar vacío el corazón de los chicos y privarles de toda esa fuerza y esa guía moral tan necesaria en el camino de su vida. Porque una fe profunda y bien arraigada será siempre un recio soporte para toda persona en momentos de crisis. Algo que a lo largo de su vida le permitirá mantenerse firme aun en los instantes de mayor dolor o amargura.

No ser pesados: No es necesario hablarles constantemente de Dios. Si hay fe, los hijos irán creciendo en ese ambiente y comprenderán bien las realidades sobrenaturales. Y eso es lo importante: que el hogar esté vivo y que los padres hablen de Dios a los chicos con su propia vida.

La instrucción religiosa ha de discurrir por caminos positivos. No se puede querer resolver los pequeños problemas domésticos diciendo al chico: “te va a castigar Dios”, o “te irás al infierno”, o “eso que has hecho es un pecado gravísimo”, porque por esas trastadas infantiles no se va la gente al infierno. Hay que hablarles del pecado, pero sin atosigarles con la falsa y tonta idea de que todo es pecado.

Tampoco se puede poner el demonio a la altura de las brujas, duendes o fantasmas. El infierno es una realidad seria que, sin dramatismos tontos, los hijos deben conocer. Y lo mismo sucede con el Cielo, que a veces los chicos -cuando no se les explica bien- pueden asimilar a algo estático y aburrido. Algunos padres identifican tanto la bondad con la quietud, que con su continuo “estate quieto, sé bueno” sólo logran aburrir soberanamente a sus hijos -que, afortunadamente, están llenos de vitalidad- y crearles ideas equivocadas. El “estate quieto, sé bueno”, me contaban en una ocasión, cansaba tanto a aquel muchacho, que terminó por preguntar: “Mamá, ¿y en el Cielo..., también tendremos que ser buenos?”.

Es preciso hablarles de Dios de un modo grato y atractivo, no reiterativo y tedioso. No se puede usar de Dios según cualquier pequeño interés. No se puede invocar el nombre de Dios para que el niño se tome la sopa o para que baje a hacer un recado. La realidad de Dios es algo que conviene hacerle descubrir y querer, no un instrumento con el que golpearle en la cabeza. Actuar así llevaría a deformar su conciencia y sembrar de sal el fértil campo de su fe infantil.

No se trata de atosigarle con lecciones profundas e incesantes. La mente del niño se ha comparado al cuello de una botella. Si se intenta meter gran cantidad de líquido en poco tiempo, se desborda y se derrama. En cambio, gota a gota, despacio, pero con constancia, se consigue mucho más.

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Filosofía

DR. FAUSTO DE JESÚS MORFÍN HERRERA


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