Ciudad de México.- Los albañiles debieron ser legión en Teotihuacan, ciudad de ímpetu renovador que remodelaba edificios generación tras generación y estrenaba construcciones cada centuria. Poca atención, sin embargo, concede la arqueología al gremio de los alarifes: le interesan más los edificios milenarios que las manos de quienes los levantaron, señala el investigador Jaime Delgado frente a los rastros de estos "trabajadores invisibles".

Los estudios arqueológicos llaman "huellas de poste" a los huecos hallados en el suelo teotihuacano, sin detenerse en su función, critica Delgado. Pero corresponden al punto donde los albañiles incrustaban los maderos de la cimbra o los andamios que les permitían ascender para reparar o remozar los edificios, detalla el especialista, quien exploró La Ventilla, uno de los barrios teotihuacanos más emblemáticos, primordial además para comprender el ocaso de la metrópoli.

"Es el lugar perfecto si quieres entender la estructura social teotihuacana: mientras unos tienen un palacio de 11 metros totalmente estucado y pintado, sus vecinos viven en un pedacito de dos por dos metros, donde además trabajan. Las desigualdades sociales son antiquísimas".

La Ventilla albergó un grupo dedicado a la producción de objetos de piedras preciosas y ornamentos de concha que acumuló poder y riqueza, sostiene el arqueólogo.

"Si tenemos razón", añade, "estos señores realizaban transacciones al margen del poder estatal. Tal cúmulo de poder contradijo los intereses del Estado".

Delgado recomienda un ejercicio de imaginación al situarse en la plaza central del templo de barrio, albeante, reluciente 2 mil años atrás por el enlucido que la cubría.

"Los teotihuacanos estaban muy preocupados porque todo luciera genial. Parte de esa preocupación pasaba por colocar una serie de andamiajes para volver a estucar, pintar o colocar almenas", apunta mientras barre con una brocha el polvo alrededor de los huecos o fosas en La Ventilla, cuya regular distribución en líneas paralelas, diagonales o perpendiculares le hicieron cuestionar hipótesis previas. Una señala que los agujeros se produjeron cuando los teotihuacanos arrancaron del suelo glifos pintados; otra, que sirvieron para colocar recipientes de barro durante rituales.

Inscrito en el posdoctorado del Instituto de Ciencias del Patrimonio Cultural, en España, Delgado descartó ambas hipótesis cuando descubrió, mediante análisis paleobotánicos, astillas de madera dentro de las fosas. Estas se habrían desprendido de cuñas o estacas que se introdujeron para apuntalar la cimbra.

Durante sus investigaciones en La Ventilla registró 225 fosas tanto en espacios interiores como exteriores, con un diámetro de entre 15 y 35 centímetros. Son el rastro de las estructuras que usaron, en el caso de los recintos cerrados, para reparar o renovar techos deteriorados por la acumulación de agua, mientras en los abiertos señalan el sitio donde se colocaron los andamios para repararlos, instalar ornamentos arquitectónicos, remodelar o para labores de mantenimiento.

"¿Qué tanto sabemos de las actividades constructivas de los albañiles prehispánicos, principalmente de la pericia y/o soluciones (muchas de estas empíricas) para lograr niveles, orientaciones, desagües, pendientes, cornisas, drenajes y techumbres?", interroga.

La única manera de visibilizarlos y reconocerlos, plantea, es concebir la arquitectura como un organismo articulado.

"Un organismo que involucra y subrayo y pongo énfasis, involucra cientos de decisiones y soluciones constructivas de albañiles, que ayer como hoy, suelen desaparecer del escenario académico".

Seguramente, apunta, cuando las obras culminaban, los albañiles se retiraban y miraban a la distancia cómo inauguraban los edificios que construyeron. Como ahora.

REFORMA/Foto: CUARTOSCURO