Los desastres naturales ocurridos durante el mes de Septiembre que recientemente ha terminado, han dejado un impacto emocional diferente en cada uno de nosotros, afectándonos en mayor o menor proporción y como ciudad, la economía, de por sí no muy boyante se ha detenido porque todas las actividades productivas parecen haberse frenado.

La prueba fue muy grande y quienes la superamos, es impostergable dejarla atrás como un mal recuerdo y comenzar de nuevo a realizar las acciones necesarias para que, como diminutos engranes de una gran maquinaria comencemos con decisión y voluntad a movernos para superarla y que este freno de nuestra economía se destrabe. Por una natural inclinación por saber lo malo que ocurre a nuestro alrededor, ocupamos mucho tiempo en tratar de enterarnos, con poca veracidad y exceso de amarillismo en la mayoría de los casos, pasando un tiempo precioso frente al televisor, en los foros sociales o, poniendo atención a los noticieros de los medios, de las secuelas y consecuencias del desastre y las conversaciones giran sobre el tema y un pronóstico recurrente de peores situaciones.

Quienes estamos ya en la segunda mitad de la vida, hemos vivido muchos momentos críticos de toda índole, terremotos, huracanes, apariciones de cometas, epidemias, etc., pero la vida sigue y el tiempo perdido no regresa. Es indiscutible que el futuro va a traer más calamidades, pero también para cada uno grandes logros y satisfacciones que podamos forjar con nuestro buen desempeño. La vida es una diaria caja de sorpresas, pero nuestro futuro depende de lo que hagamos hoy, como nuestro presente es consecuencia de nuestros actos y buenas o malas decisiones del pasado.

Seamos felices, cada cual fabrique su bienestar y tranquilidad, a pesar de que han pasado milenios desde que la historia nos refiere que apareció el ser humano viviendo en comunidades en nuestro hermoso Valle de Tehuacán, no hemos aprendido a convivir, tenemos muy dentro el germen de la hermandad y la generosidad pero estamos decididos en que ahí se quede y a no dejarlo salir y el resultado es que formamos una sociedad mayoritariamente poco sensible a los problemas y carencias del prójimo. Hay cerca de nosotros muchos “damnificados de la vida” enfermos, marginados, apenas sobreviviendo, en nuestra misma ciudad, apenas a minutos de nosotros, con la oportunidad de poder ayudarlos con solo extender la mano y agrandar el corazón.

Vamos a comprobar que el que da, recibe la dádiva multiplicada y el amor es un bien que entre más se reparte más se multiplica.

Guadalupe Martínez Galindo

TEHUACÁN, PARA AMARLO HAY QUE CONOCERLO

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