Hugo tiene 11 años. En su escuela le dicen “el metralleta”. Sus papás lo aman y lo apoyan porque conocen sus dificultades para hablar con fluidez.

Hugo es tartamudo y, según él recuerda, lo ha sido toda su vida.

Todo comenzó desde su edad más temprana, con las primeras palabras, las cuales repetía tres veces:

-Pa-pa-pá. Ma-ma-má o Yo-yo yo.

Así había crecido y padecido las burlas de sus compañeros de cada grado escolar que cursaba y ahora las de Vicente, un condiscípulo que no deja de molestarlo por su tartamudez.

Para fortuna de Hugo, un día llega a su salón Bernardo, quien también es “raro” como él. Y no es que Bernardo sea tartamudo, sino que tiene problemas porque confunde el número 4 con la letra A o el 3 con la E, es decir, Bernardo tiene dislexia.

Hugo siente un rayo de esperanza al ver que también hay otros que, como él, son diferentes a todos los demás.

«... Si somos dos -le ha dicho Hugo a Bernardo -ya no estaremos solos. Algo se nos ocurrirá”.

Esto será el detonante para que, poco tiempo después, Hugo decida formar “El Club de Raros”, al que invitará a compañeros que se sienten “diferentes” por tener que usar lentes o por tener la nariz muy respingada; ser extremadamente delgados, tener el pelo chino, pecas en la cara, ser bajitos de estatura o, por el contrario, ser muy altos. ¿Quién hubiera imaginado que este club llegaría a tener 30 integrantes?

¿Qué beneficios traerá a Hugo y a sus compañeros de colegio formar parte de este singular Club? ¿Lograrán que Vicente los deje de molestar? ¿Podrá Hugo salir airoso de esta prueba?

“El club de los raros” del escritor español Jordi Sierra I Fabra es un excelente libro que llegó a mis manos hace más de un año y me fascinó, al igual que a miles de lectores de todo el mundo por su manejo de un tema relevante para nuestro tiempo: las diferencias.

La obra inicia con una dedicatoria poco usual: “A mí mismo, tartamudo y raro, con mucho orgullo y honra”, mensaje que, de entrada, nos hace sentir cierta afinidad con el autor porque, quizás, alguno de nosotros hemos vivido o estamos viviendo alguna situación parecida.

Hablar del respeto a nuestras diferencias como seres humanos, sobre todo en la edad escolar, es una tarea que muchos profesores debemos llevar a cabo todos los días en el ámbito escolar. Leer y comentar con nuestros niños y jóvenes lo que le sucede a Hugo, a Bernardo y lo que existe detrás de la historia de Vicente, el provocador, siempre resultará enriquecedor para su formación personal, su autoestima y el autoconocimiento que cada quien debemos tener de nosotros como personas valiosas y únicas.

Esta lectura nos ayuda a responder: «¿No será que de alguna forma todos somos raros?».


MARILÚ LÓPEZ BACA

marilulopezbaca@hotmail.